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UN ALFA EN EL TALLER

Alfa Romeo 8C Monza, así se llama oficialmente esta belleza de aparato de los años 30.

Su historia con cientos de carreras disputadas nos cuenta que fue un coche muy exitoso en su época, corriendo en todo tipo de eventos. Es uno de esos coches que siempre me enamoraron, y por eso el día que me llamó mi amigo, restaurador de coches clásicos, para contarme que tendría un Monza en su taller durante toda la semana, no pude aguantarme y me fui a verlo y estudiarlo en persona. Estuvo medio desarmado unos cuantos días preparándose para una carrera de regularidad, y cuando lo tuve delante recorrí sus formas y observé sus detalles, esas cosas que en las fotos no se terminan de entender bien, disfruté mucho mirando, admirando y hasta oliendo el Monza.

Por supuesto le hice fotos allí donde estaba y aunque medio desarmado seguía teniendo ese encanto tan propio de este coche. Fue revisando las fotos que había hecho cuando empecé a pensar en una pintura que reflejaba esos momentos de intimidad que tuve con el Alfa, mientras mi amigo hacía otras cosas por allí. Por eso se me ocurrió esta escena, imaginándome el Alfa en el silencio nocturno del taller, quería pintar la atmósfera del momento, la belleza de las formas y el ambiente informal y de cierto desorden que siempre se vive en un taller como este .

Lo primero fue imaginar el taller ideal para la pintura, que sería bastante distinto del real donde tomé las fotos, había que darle al Alfa el entorno perfecto. Para iluminar la escena, necesitaba una luz directa y centrada en el coche que le diera el merecido protagonismo al Monza, y que dejara en penumbra el resto del taller desierto con sus tonos azulados y violáceos, dando a la pintura una sensación de intimidad y silencio. Lo imaginé levantado sobre caballetes y preferí hacerlo sin ruedas delanteras para enfatizar el aspecto de máquina en proceso de reparación, la tapa del motor abierta insinuando que se está trabajando en el poderoso motor Alfa Romeo. En el suelo el infaltable recipiente que recoge las gotas de aceite que puedan caer, y alguna que otra herramienta en el suelo, mezcla de descuido y de pausa en el trabajo.

Toda la escena toma forma por la iluminación que también ayuda a no tener que entrar en detalles sobre el fondo del taller, sólo el Alfa tiene los imprescindibles para reconocer el coche. Podía pintar todos los detalle del fondo, pero me pareció mas interesante solo insinuar algunas herramientas y formas, de manera que quien viera el cuadro pudiera completar con su imaginación este taller ideal a medianoche. Esta pintura original, que al estar hecha sobre cartón llevaba una textura que también colabora a crear esta aspecto impresionista del fondo. Tal vez en algún momento quiera pintar una segunda versión del Alfa en el taller, esta primera surgió como un impulso, de solo ponerme a imaginar como debería ser el escenario ideal para este imponente Monza, y me dejé llevar por el deseo que un lugar como este exista realmente en algún sitio.

La gran ventaja de la pintura es que solo hay que imaginar algo para hacerlo posible, creándolo, aunque solo sea en una pequeña pintura de unos 60 centímetros de largo. La satisfacción total es que la persona que lo compró se enamoró ni bien verlo, y hoy en día aun está en lugar privilegiado en su casa, donde lo disfruta cada día. Es tal vez la mejor recompensa para quien lo pintó partiendo de un inexpresivo cartón en blanco.

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LA TARGA FLORIO

Una de las grandes ventajas que tiene la pintura es que permite transportarse a escenarios nunca vistos, épocas no vividas, carreras famosas que nunca se repetirán. Poder recrear un tiempo y unos hechos de los que se tienen referencias, pero que en realidad no he vivido. Siempre me trasmitió la Targa Florio una mezcla extraña de proeza, y de sana locura colectiva. Además de hermosos paisajes lo que la caracterizaba era ese contacto directo entre los participantes y pilotos, y la gente que rodeaba la carretera alentando a sus favoritos sin desfallecer ni un momento, esa mezcla de picnic de familia y carrera de coches. Peligrosa para todos, pero de irresistible belleza, reflejó una época en que el paso de esta carrera por las carreteras y pueblos de Sicilia, era el acontecimiento del año.
Hay muchas escenas y postales que muestran el ambiente de la carrera, y siempre me atrajo la idea de recrearlo, de imaginar como habrá sido aquello. De este sentimiento por la máxima “locura automivilística” viene esta pintura del coche de Moss-Collins en la Targa del 1955.
Tal vez, como en tantas cosas el mayor gusto venga de todo lo previo que hay que hacer, más que la satisfacción de la pintura terminada. El desafío consistía en buscar todos los datos del coche en cuestión, en este caso observar bien las abolladuras en su carrocería, y pintarlo en medio de un escenario muy descriptivo de la Targa Florio.
Decidí inventarme el lugar, más que recurrir a ubicar el coche en un sitio conocido por las fotos de la época, pero el desafío era lograr una escena representativa, con todos los elementos propios de esta carrera.
Me gustó la idea de fijar el punto de vista en un sitio donde el coche apareciera de repente a toda velocidad, como si el espectador estuviera de pie al costado de la carretera que cruza el pueblo, y se sobresaltara al ver aparecer el imponente Mercedes. Como elementos importantes en la composición están las muros de las casas, las señales propias de cualquier carretera, esos balcones tan típicos, y sobre todo la gente…
Supongo que habría de todo entre los espectadores, los verdaderos fans del motor que vivían la carrera como algo único, los que salían a ver de que iba ésto, los niños imprudentes que se acercaban demasiado, y la señora que se asomaba a la ventana con el paso de los coches, no sin maldecir que aquella locura tan ruidosa rompiera la tranquilidad de su pueblo por unos días.
Había también un tema de colores para crear esa atmósfera tan especial, donde dominaban los colores cálidos de las paredes de las casas, algo parecido a una acera de tierra que invadía el asfalto, y me pareció muy representativo la ropa secándose al sol mientras Moss trata de bajar segundos a su tiempo de carrera. Un escenario único y una atmósfera que no se repatirá jamás. Como pasa siempre, en un momento determinado el cuadro “se me acabó”, ya no podía sacar más de el, y sentí que se había acabado el divertimento. Habrá que intentarlo nuevamente con otro cuadro para hacerlo mejor.
Tuve la suerte de comentar el cuadro con Sir Stirling Moss, y luego de contar alguna anécdota de la carrera, le pregunté quién de los dos había golpeado el coche durante la carrera. El rió y dijo : Los dos lo golpeamos por todos lados, pobre Mercedes!!
Mas allá de lo pintoresco de la carrera, desde el punto de vista de un piloto, me contó que era una carrera muy difícil y peligrosa, y pude comprobar que no le hacía la misma gracia que a mí la famosa Targa Florio. Pensándolo bien, es otra ventaja de solo limitarse a pintarla, de ser sólo un espectador, distinta visión tendrán quienes se la jugaban encima de los coches.